PIZARRO, Hernando: Nació en Trujillo en 1503. Capitán y conquistador, hermano de Francisco, Juan, y Gonzalo Pizarro; aunque, a diferencia de los anteriores, fue hijo legitimo del capitán de los tercios Gonzalo Pizarro, apoyado El Largo, hidalgo trujillano descendiente de Sanchos Martínez de Añasco Pizarro y de Diego Hernández Pizarro, con mayorazgo y heredades en la propia ciudad de Trujillo. Como descendiente y heredero del linaje, Hernando recibió una educación muy primaria, desde muy joven ingreso como soldado en la compañía de su padre, con quien marcho a Navarra e Italia junto con su hermanastro mayor Francisco.
Regresó a España justo en el tiempo en que el citado Francisco Pizarro volvía a Sevilla (1528), después de las primeras exploraciones del lejano Birú o Perú, para solicitar licencias y capitulaciones de la Corona castellana. Los primeros problemas que se le presentaron al futuro conquistador del imperio Inca en Sevilla, -detenido, al parecer, por deudas-, las resolvería Hernando con su peculiar diplomacia, de la que tantos beneficios obtuvo posteriormente en la empresa conquistadora.
Una vez firmadas las capitulaciones en Toledo (1529), los dos hermanos marcharían a Trujillo para enrolar a nuevos aventureros y paisanos en la que se dibujaba como gran empresa colonizadora; entre ellos se encontraron varios hermanos del ya nombrado Adelantado de Nueva Castilla (Perú), Gobernador y Capitán General de las tierras conquistadas, Juan Pizarro, Gonzalo Pizarro y un hermano de madre de Francisco, llamado también Francisco Martín de Alcántara.
Así pues, Hernando Pizarro marcharía al Nuevo Mundo en la expedición costeada y organizada por su hermano (1530), llegando a Nombre de Dios y Panamá con objeto de emprender la marcha marítima hacia el sur. En Panamá se produjo ya de la primera agria entrevista entre los Pizarro y Diego de Almagro, -antiguo socio y compañero de Francisco Pizarro en la exploración de las costas peruanas-, quien se mostró hosco y descontento por no haber sido nombrado en el documento real, y quedar sólo a expensas de lo que el Adelantado quisiera cederle.
En esta primera entrevista se puso de manifiesto el profundo odio que sentía Hernando por Almagro y las violentas relaciones que iba a haber entre ambos en el transcurso de la expedición.
Hombre decidido, hábil diplomático –excepto con Diego de Almagro-, y bravo en sus arremetidas, Hernando Pizarro jugaría un importante papel en la empresa del Perú, aunque sus enemigos le achacasen a él algunas de las crueldades e injusticias que los españoles cometerían en ella, permitidas por el Gobernador, de su hermano.
Después de la entrevista con Atahualpa en Cajamarca, - a la que el Adelantado envió a su hermano por ser el más hábil de todos para tratos amistosos-, y de la jornada de violencia y mortandad en la que cayó prisionero de Pizarro el Gran Inca Atahualpa, Hernando sería enviado al templo de Pachacámac para que requisara el inmenso tesoro allí acumulado y lo llevara a Cajamarca como parte del rescate del Inca. Unos meses después sería enviado a España con parte de este tesoro (1533) para ofrecerlo a Carlos I; como quintos real, y hacer relación de la exploración y pacificación del reino al Consejo de Indias. Al pasar por Panamá de camino a la Península, Hernando escribió una larga carta a la Real Audiencia de La Española (Santo Domingo) haciendo relación de lo sucedido, para conocimiento del alto tribunal.
En Castilla, la llegada de Hernando Pizarro fue un acontecimiento sin parangón; las numerosas piezas de oro y plata que depositó a los pies del Emperador dejaron sorprendidos a los cortesanos, y Carlos I, -que le recibió en Toledo-, accedió a las peticiones formuladas, concediendo a Francisco Pizarro el título de Marqués, el hábito de la Orden de Santiago, una ampliación de su gobernación en Nueva Castilla y la creación de una gobernación en Nueva Toledo para Diego de Almagro, aunque con una notable imprecisión en cuanto a la delimitación de fronteras, que luego tendría trágicas consecuencias. De regreso en el Perú (1535), su hermano le nombraría lugarteniente y gobernador de la imperial ciudad del Cuzco, con un término de 100 Leguas. En su ausencia se había ejecutado a Atahualpa, se había concluido la sujeción de todo el país y se había formado la nueva capital en el valle de Rimac (Ciudad de los reyes 1534).
El regreso de Almagro de su fracasado expedición a Chile, con la pretensión de que la capital imperial pertenecía geográficamente a su demarcación a Nueva Toledo enfrento a ambos en una lucha violenta por el dominio del Cuzco. Almagro asalto la estancia donde vivían los pizarros, Hernández González les prendió fuego y los capturo, cargándoles de la s cadenas y deliberando sobre su ejecución.
Solo la intervención de algunos de su capitanes como Diego de Alvarado, salvo a Hernando Pizarro de la horca. Después conocido por el gobernador el incidente, se resolvió a ir Cuzco y tratar de nuevo con Almagro los problemas fronterizos de la concesión de nuevos títulos al Manchego.
A pesar de los buenos modos de la negociación y de las concesiones de Francisco Pizarro, que logro la libertad de sus hermanos, los de Chile desconfiaron de las intenciones de los Pizarros y prepararon un ejército de partidarios con el apoyo del nuevo Inca, Manco Cápac, hermano de Atahualpa, y había sido coronado por el propio Pizarro. Hernando sospecho la traición y se preparo igualmente para la batalla que se dio en el campo de Las Salinas (1538), siendo una total derrota de Almagro que cayo prisionero de Hernando. Este decidió procesar a su detestado enemigo por traición y, condenado a muerte por un tribunal poco escrupuloso, le mando ejecutar inmediatamente con alguno de sus partidarios.
La muerte del Adelantado de Nueva Toledo tuvo dramáticas repercusiones. Sus partidarios fueron desposeídos de las encomiendas y repartimientos de indios que gozaban, -que fueron a parar a mano de los Pizarristas-, y muchos de ellos hubieron de huir ante el temor de ser cogidos por sus enemigos. Dos de los almagritas más significados: Diego de Alvarado y Alonso Enríquez se volvieron a Castilla y presentaron ante los tribunales abultadas acusaciones contra los crímenes, crueldades e injusticias de Hernando Pizarro y sus hermanos. El fiscal de la Chancillería de Valladolid, -Villalobos-, iniciaría un intrincado proceso, y cuando en 1539 Fernando Pizarro llego a España fue perseguido y acusado hasta lograr su condena por la muerte de Almagro. Nunca mas regresaría al Perú, ni volvería a ver sus hermanos que murieron todos trágicamente en diversas guerras civiles, provocadas algunas por ellos mismos.
La sentencia dictada por los tribunales contra Hernando fue, al principio de destierro en África; después de cárcel perpetua en el castillo de La Mota, en Medina del Campo, y el pago de una multa de 8.000 ducados de oro. Veinte largos años paso Hernando en prisión aunque atenuada por la actividad que le exigía la administración de sus bienes y mayorazgo en Trujillo, y las atenciones de una manceba, Isabel de Mercado, con la que tuvo descendencia.
En 1551 llega a Sevilla su sobrina, hija de Francisco Pizarro,- asesinado 10 años antes-, y la princesa india Doña Inés Yupanqui Huaylas, que se llamaba Francisca Pizarro Yupanqui, con 18 años; al año siguiente contraían matrimonio tío y sobrino a pesar de la gran diferencia de edades.
La vida familiar feliz, tanto en los 10 años que aun pasaron Castillo de La Mota (1561), como a su regreso a Trujillo, donde comenzaría a construirse una hermosísima mansión, al reclamar y obtener su esposa el Marquesado que había poseído su padre Don Francisco. Se llamo desde entonces Marqués de la Conquista, cambiando por este el antiguo nombre del pueblo de la Zarza que pertenecía a su patrimonio.
Hernando Pizarro murió en 1580 en Trujillo, dejando cinco hijos legítimos: Francisco, Gonzalo, Isabel e Inés; pero agotada posteriormente esta rama legítima de su descendencia, en título y posesiones del Mayorazgo familiar pasarían a la línea bastarda de Francisca Pizarra Mercado, hija del conquistador de la manceba que le atendió en medina del campo. Aunque la figura de Hernando Pizarro no a gozado del relieve y preeminencia de su hermano francisco, cumplió sin duda un trascendental papel en los distintos avatares de la Conquista del Perú; pero el hecho de aparecer en alguna de las crónicas como un personaje antipático, y odioso, como fue el caso de Gonzalo Fernández de Oviedo, a restado importancia históricamente a su significación y a la de su obra.
Autor:J.A. Ramos RubioVolver a la página de inicio